La década del sargento Descargas
En la década de los años diez que acabamos de inaugurar me temo que vamos a oír hablar mucho del sargento Descargas. Nadie lo ha visto aún, pero se sabe que ha sido preparado en los mejores campos de entrenamiento de los servicios secretos estadounidenses e israelíes para detectar cualquier tipo de intercambio en la red considerado ilegal por las nuevas normas de la mercadería internacional. Su lema es: “Dios bendiga la propiedad intelectual. Al que baje algo, me lo cargo”.
Tal es la fama que está adquiriendo este siniestro personaje que la editorial Marvel ya está preparando una serie de comic con sus aventuras, en la que habrá títulos épicos como “Malditos internautas”, “El sargento Descargas contra la Mula de siete cabezas”, “Ratones asesinos en la habitación del adolescente acnoso”, “Al abordaje de los piratas de consola” o “A hostias en Youtube”, y otros de tono más romántico, como “Descargas se enamora de una secretaria rubia de la SGAE”, e incluso de corte intimista, como “Mi amigo Ramón”.
Por favor, si usted está a punto de bajarse una película de Internet, aunque sea del expresionismo alemán de principios del siglo veinte, o una simple canción de un grupo chileno que no conoce ni su madre o una fotito mona de una playita del Caribe que le haya gustado como salvapantallas reconfortante, tenga mucho cuidado. Los tiempos están muy revueltos. La vida cibernética se ha puesto muy complicada. Aunque no se lo crea, el sargento Descargas está siempre vigilando y, tarde o temprano, dará con su terminal, analizará sus movimientos, escudriñará todas las páginas que ha visitado y entonces, cuando menos se lo espere, se presentará en su casa –no sabemos si panzudo o flacucho, alto o retaco, rubio, moreno o calvo-, pero lo cierto es que se presentará con una orden de detención por violación de la primera enmienda de la nueva constitución universal: Nosotros decidimos qué es lo que vale, usted limítese a pagar.
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