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Martes, 11 de agosto de 2009

Lo que aconteció en un bar en un día muy caluroso

El otro día, al entrar en un bar, me di cuenta de que faltaba algo. Fue como un fogonazo que hubiera sacudido mi memoria. Estaban la máquina de café, el tirador de cerveza, las botellas, la barra, la pizarra con las tapas del día, el camarero con la camisa graseada, la cocinera asomando por el ventanuco, el suelo lleno de papeles y colillas, las voces de la clientela y hasta el televisor en lo alto de una esquina. Estaba todo, pero aun así sentí que faltaba algo. ¿Qué era?  

Era un día de mucho calor. No había aire acondicionado, sólo un ventilador dando vueltas en el techo como las aspas de un helicóptero que recordaban la escena de Apocalypsis Now cuando el protagonista tumbado en la cama decía desesperado “Saigón, mierda, sigo en Saigón”. Y al ritmo de esas mismas aspas yo seguía dándole vueltas al asunto: ¿qué falta en este bar, qué coño falta?

Podía haber preguntado, quizás hubiera sido lo más fácil. Pero no lo hice, porque me gusta adivinar las cosas por mí mismo, sin ayuda de nadie, como un llanero solitario en medio de una refriega en el salvaje oeste. Entonces fue cuando escuché a un cliente pedir un “vaso de agua fresquita”. Y todo se volvió claro como el agua que aquel cliente sudoroso se estaba bebiendo a borbotones.

¡Aquí falta un botijo!”, grité de repente causando tal sobresalto en el bar que hasta la cocinera sacó la cabeza por el ventanuco asustada. “¿No se dan cuenta? -empecé a disertar como si estuviera en el estrado de un aula universitaria- En los bares ya no hay botijos, ese artefacto tan español que conservaba fresquísima el agua sin necesidad de frigoríficos ni cubitos de hielo. Era todo un arte beber levantándolo por encima de la cabeza -algunos lo hacían con una sola mano- para que el chorro cayera por el pitorrito directamente hasta la garganta evitando todo tipo de contacto con la boca y, por tanto, eliminando cualquier posibilidad de contagio, lo cual sería muy conveniente en estos tiempos que corren de gripes tan peligrosas”.

Todos me miraban, así que continué la perorata: “Ahora se bebe muy mal, señores. Fíjense en esas litronas que comparten nuestros jóvenes, pasándose la botella de boca en boca. ¡Qué fuente de infecciones! Un botijo les daría yo a todos ellos para que aprendieran a beber y disfrutaran de la delicia de tragarse un chorro puro. Reivindiquemos este viejo artefacto español, señores, ¡Arriba el botijo!”. Para mi desolación, no hubo vítores ni aplausos, porque en mi éxtasis mitinero, producto a buen seguro del calor sofocante, ni me percaté de que me había quedado solo en el bar, mientras el camarero y la cocinera habían vuelto a sus quehaceres. El pasado nunca vuelve, me dije, y salí a la calle en busca de nuevos aires.



Referencias

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Comentarios

  1. Pues o en los bares no lo recuerdo, pero coño, sí que tengo en la retina el botijo que cada camareta tenía en los tiempos de la puta mili en el Ferral del Bernesga, con un calor que fundía, y digo fundía como si de una cita literal se tratara, las cajas de las cintas magnetofónicas que te dejabas en el salpicadero de domingo a sábado porque el miércoles no se salía ni al barrio Húmedo, que era aúnque sólo de nombre, lo más refrescante que había en aquel agosto después del sagrado botijo de la camareta de la segunda.

    cdepaz — 12-08-2009 00:09:49

  2. Ay, esas historias de la puta mili!!!

    santi — 13-08-2009 16:06:13

  3. tengo un botijo en casa, lo compre hace pocos años, por curiosidad ya que en mi casa de mis padres nunca hubo uno, me costo aprender a beber, por una vez que ya no derramaba mas el agua por mi cara aprecie ese frescor y hasta el agua esta mas buena, sabe mejor. desde entonces me hice fan del botijo y va comigo a todas partes. Tambien me gustan los ventiladores en el techo.

    enrica — 16-08-2009 23:22:54

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