En peligro de extinción
El otro día iba paseando por el campo buscando setas y me encontré un lince. Hostiá, como el del anuncio, dije. Y el felino se me quedó mirando con cara de pocos amigos. Olisqueó mis pies, dio dos vueltas a mi alrededor y se largó. Al poco rato volvió y me preguntó: “Oye, tú no serás también de la Iglesia, porque últimamente nos visitan muchos obispos”. Eso es lo que me hizo pensar. Obispos en el campo y haciéndose amigos de los linces. Algo no cuadraba.
Mis sospechas se confirmaron en un posterior paseo. Caminaba yo entre la maleza, al anochecer, cuando entre los árboles divisé una lumbre y en torno a ella a un grupo de hombres vestidos de negro. Daban vueltas alrededor del fuego, repitiendo lo que parecía una plegaria, cogidos de la mano como en un corro colegial. Me acerqué un poco más para verlos mejor y entonces me deslumbró el brillo de una luz púrpura que salía de sus manos. No, no era un fenómeno paranormal, era la llama de la hoguera reflejada en unas piedras enormes engastadas en anillos de... Sí, lo han captado. ¡Era un sínodo clandestino de monseñores en mitad del campo! Pero, la pregunta era ¿qué coño hacía allí reunida la jerarquía eclesiástica tan lejos de los palacios arzobispales?
Esa pregunta quedó respondida poco después cuando pude ver con claridad lo que ardía en la hoguera. El fuego desprendía un humo muy negro y olía fatal, por eso pensé que estaban quemando neumáticos, pero luego caí en la cuenta: no eran ruedas, ¡eran condones! Estaban haciendo una hoguera con preservativos y cada vez que echaban una caja de 12 al fuego gritaban enardecidos: ¡Hijo de Satán, arde en el Infierno! Pero el que más gritaba era el lince que tenían amarrado en un árbol, listo para hacerlo a la brasa bajo la acusación sumarísima de estar más protegido que un bebé humano. Salí de allí corriendo y juro que ya no he vuelto al campo a coger más setas.