Un espía en el salón
Sabía que había espías, pero no tantos. Yo me encontré uno en el salón de mi casa, oculto en una esquina, agazapado en la penumbra, vigilándome a mí, que soy una persona corrientita, hipotecada, sin poderes terrenales ni sobrenaturales.
El caso es que el hombre llevaba varios días en mi casa sin que yo me hubiera dado cuenta de nada. Lo descubrí por una casualidad, por una moneda que se me cayó y rodando por el suelo acabó en sus pies, y yo detrás, porque son tiempo de crisis y entenderán que no están las cosas para tirar nada. Lo más curioso es que el encuentro fue muy cordial, sin gritos ni golpes ni carreras. El se agachó y muy caballeroso me devolvió la moneda. Se le ha caído esto, me dijo. Y perdone que no me presente, pero es que los espías somos gente anónima y no damos tarjetas de visita. Lo comprende, ¿no?
¿Cómo podía comprender yo algo así? Me estaba espiando en mi propia casa y tenía la desfachatez de decirme que no podía presentarse. Sin embargo, para él era algo muy normal. No se preocupe, me dijo. Usted no es el único, todos tienen un espía. ¿Todos?, pregunté asombrado. Todos, repitió él rotundo.
Dos güisquis dobles después, pude iniciar una conversación con mi espía, que no había dejado la zona de penumbra del salón.
-¿Y para quién está espiando, si se puede saber? Yo no tengo nada que ocultar.
-Pues él cree que sí.
-¿El? ¿Quien coño es él?
-El de ahí arriba.
-¿Mi vecino?
-No, más arriba. Ya sabe.
-¿Qué? ¿Me está diciendo que Dios le ha mandado espiarme? ¿Se está riendo de mí?
-No, se lo aseguro.
-Pero no se supone que Dios lo ve todo, ¿para qué leches necesita espías?
-Es que se está haciendo mayor y está perdiendo facultades. En exteriores se sigue moviendo bien, pero en interiores ya necesita ayuda.
-Ja, Ja, ja, ja, ja... Espía de Dios, esto es lo último.
-Peores trabajos he tenido que hacer. Pero yo de usted no me reiría tanto. Los informes que le he pasado no son buenos.
Y entonces fue cuando un rayo iluminó todo el salón y la casa entera retumbó con un trueno del quince en la escala de Ritcher.
-¿Qué, qué ha pasado?, balbucée muy asustado.
-Nada, que el jefe nos llama para una reunión. Creo que está mosqueado.
Ahora, desde que se fue el espía, me siento muy solo. Es tan bonito que alguien se interese por tu vida.