Actualización cronometrada
22:58 horas. Actualización de blog. Hace frío. Enciendo la estufa y también un cigarrillo. Aprovecho la llama. Creo que me he convertido en un autómata. Un cani pasa raudo con una moto a escape libre y se pega una hostia contra una farola. Se la estaba buscando. Ni me inmuto. Sigo escribiendo. En la televisión hablan de Guantánamo, pero no dicen nada de los indígenas que han aparecido en Doñana. ¿Por qué? ¿No son también hijos de dios? Salta la alarma del messenger. Me han enviado un mensaje. Lo contesto. Sí, sí, lo del otro día estuvo muy bien, volveremos a hacerlo. ¿Cuándo? Apago el messenger. Desenvuelvo un bombón, de chocolate con licor. Me lo como. Está rico. Abro otro.
23:02. Una estrella fugaz ilumina la noche. Pido un deseo. Espero unos segundos. Nada. No se cumple. Pongo música en la radio. Rap del malo. Veo al cani que se levanta. El cani empieza a andar dando tumbos, ensangrentado, se sube por la fachada de mi casa, se encarama en el balcón, ¿qué quieres?, le pregunto. ¿Tienes papel?, me pregunta. Cierro la puerta del balcón y sigo actualizando.
23.17. Suena el teléfono. ¿Sí? No te veo inspirado. ¿Perdón? Parece que escribes por escribir. ¿Quién eres? El que has dejado tirado en el balcón. Sigo esperando que me des un papel. Abro la puerta y me encuentro al cani hablando por el móvil. Le doy otro portazo.
23.35. De repente, se ha cumplido el deseo que había pedido al paso de la estrella fugaz. Nada del otro mundo. Una colonia de ésas que anuncian para Reyes. Pero me hacía ilusión. Me echo unas gotas en el cuello. Huele muy bien. Uy, creo que estoy creciendo. No paro de crecer. Tengo que abrir la puerta del balcón para no reventar entre estas cuatro paredes. Tío, ¿tú qué has fumado?, me pregunta asustado el cani. Apártate, le digo. Estoy creciendo mucho. No hay sitio para dos. Se ríe, yo no. Yo sigo aumentando. Ya he llegado a la casa de enfrente. Están viendo Mira quién baila. Mira eso papá, dice el niño. No molestes, dice el padre, que ahora está bailando la Obregón.
23.56. Creo que se ha pasado el efecto. He vuelto a mi tamaño normal y al salón de mi casa. Pero decido tomar precauciones. Cojo el bote de colonia y se lo doy al cani, que no se ha movido del balcón en todo este tiempo. Lo mira con curiosidad y me pide una coca-cola. ¿Para qué quieres una coca-cola?, le pregunto. Para hacerme un cubata. En la cárcel hacíamos cubatas con colonia. Ah, le respondo, y se la doy. Y él hace un combinado y se lo bebe de un trago. Pero no aumenta de tamaño. ¡No cambia nada! Es que yo no he pedido ningún deseo, me dice. No me gustan las moralejas, le contesto. A mí tampoco, así que dame un papel de una puta vez, que aquí hace un frío que pela y me está esperando la piba desde hace una hora.
Referencias
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¿Seguro que pidió coca-cola? y no algo sin "cola". Veo que las sustancias psicoactivas siguen afectando a las grandes personas.
Luigi — 03-12-2008 16:19:42
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Ah, las sustancias, los elixires, las fragancias cuánto nos reportan, grande querubino!!
chachiquesí — 03-12-2008 23:11:14