Una visita al médico
Esta es la transcripción literal de la visita al médico que he hecho esta mañana. ¿Qué le pasa?, me ha preguntado mirándome por encima de las gafas, recostándose en el asiento. Tengo miedo, mucho miedo, le he dicho. ¿Pero de qué?, me ha inquirido el doctor, que es así como le gusta que le llamen los pacientes.
¿A qué tiene miedo, a que le maten, a perder el trabajo, a que le deje su mujer? Y entonces no he podido aguantar más y se lo he soltado: ¡tengo miedo del miedo que me están metiendo en el cuerpo todos los días! ¿Quién?, ha preguntado incrédulo el médico, que como es de cabecera sabe poco de las dolencias de la mente. Y entonces le he explicado: verá usted, es que últimamente me ha dado por leer las páginas de economía de los periódicos... ¿Y? Pues que la cosa está muy mal. Todo se viene abajo, doctor. El caso es que antes sólo leía las páginas de sucesos y nunca había sentido esta angustia tan grande. Esto es mucho más fuerte, doctor. Ya -ha asentido él-, pero al menos en la sección de economía no hay muertos. ¿Y por qué no lee la de deportes? -me ha propuesto entonces como si me recetara una medicina-, seguro que eso le estimula. España gana muchas cosas últimamente. Lo he intentado -le he dicho-, pero no puedo. Estoy haciendo un zulo en mi casa. ¿No me diga que va a secuestrar usted a alguien?, ha preguntado él sorprendido por mi afirmación. Tranquilícese, por favor, tan mal no está la cosa. No -le he explicado yo- el zulo no es para esconder a nadie, es para guardar mi dinero. Ya no me fío de los bancos. He perdido la confianza en el sistema financiero. Pérdida de credibilidad, un caso claro, ha diagnosticado entonces el doctor ¿Y tiene usted mucho dinero en el banco?, me ha planteado echando el cuerpo hacia adelante, muy interesado en lo que yo pudiera responderle. No, dinero casi no tengo. Doscientos cincuenta euros, más o menos ¡Me está tomando usted el pelo!, ha dicho el médico a voces, muy enfadado. Y yo me he puesto a llorar. ¿Qué le pasa ahora?, me ha preguntado. Pues que me acabo de dar cuenta de que tampoco puedo confiar en usted. Todo se derrumba. No puedo fiarme de nadie. ¡Es terrible! ¿Usted cree doctor que lo mío tiene cura? Y me ha recetado dos cajas de aspirinas y me ha dicho que me fuera porque ya habían pasado los diez minutos reglamentarios de consulta. Pero antes de cruzar la puerta, me he vuelto y le he dicho: ¿Cómo me receta usted aspirinas, doctor? ¿No sabe que la Bayer acaba de suspender pagos? Y él se ha puesto pálido y se ha caído derrumbado en su silla giratoria. Cuando ha entrado el siguiente paciente, seguía dando vueltas.