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Martes, 10 de noviembre de 2009

Cuarenta años de Barrio Sésamo

Otra de nostalgia. Si la semana pasada, Loqueapetece recordó las apariciones catódicas simpar del genio de Figueres, en esta ocasión seguimos con nuestra galería de personajes ilustres para celebrar que Barrio Sésamo ha cumplido cuarenta años, casi nada. Los que estaban entonces, podrán volver a disfrutar de aquellas parodias didácticas, y los que no, se darán cuenta de que la televisión también puede ser un medio útil y divertido. Veamos, pues, algo de lo que nos contaban algunos personajes de aquel fantástico programa infantil: Súper Coco, Epi y Blas, el monstruo de las galletas, la rana Gustavo y muchos otros que nos dieron tantas tardes de gloria mientras merendábamos una barra de pan con chocolate.



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Martes, 03 de noviembre de 2009

Cuando los bigotes eran grandes

Cuando era pequeño, y la vida catódica era en blanco y negro, los ojos se me ponían como platos cada vez que veía en el televisor a aquel tipo con un bigote aristócrata erguido por las puntas como astas de toro diciendo cosas estrambóticas sobre las moscas, la monarquía o el dinero. Aquello era mucho más divertido que un programa infantil y siempre me quedaba esperando su próxima aparición en el telediario. Hoy, desgraciadamente, los pequeños tienen que conformarse con ver a personajes como Risto, y lo lamento mucho por ellos. No sé, a lo mejor ha sido la muerte de otro gran bigotudo español, José Luis López Vázquez, la que me ha recordado aquellos días de embobamiento delante de la tele. Alguna vez habrá que hacerle un homenaje a los grandes bigotes que ha dado este país, porque el que ahora anda por ahí cobrando comisiones a media España le ha hecho muy flaco favor a este viril ornamento natural y tan hispano. ¡Adentro vídeo!



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Miércoles, 28 de octubre de 2009

Alfredín nos cuenta sus inquietudes

Alfredín, que escribió un comentario en el tema anterior, “Cuestión de tiempo y de nombres” y del que desconozco casi todo, se ha empeñado en que le publique un post. El hombre me ha dicho que no sabe cómo se hace un blog y que le gustaría contar sus reflexiones, porque dice que reflexiona mucho, desde que se levanta hasta que se acuesta, de lunes a domingo, y que necesita que le escuchen. Así que le he dejado este hueco, no vaya a ser que le dé algo. Y también me ha pedido que le ponga una canción. De dinero no me ha dicho nada, menos mal.

Esto es lo que me ha mandado Alfredín:

Hola, me llamo Alfredín y soy de Utrera, y eso, y quería contarles que no tienen razón los que dicen que el paro se acaba dando trabajo. No, no, están muy equivocados, porque en mi pueblo una vez le dieron trabajo a uno y no tenía que hacer nada, estaba parado todo el día, coño. ¿Se dan cuenta? Porque hablar es muy fácil, pero luego van y te suben los impuestos y a los chorizos los ponen en la calle a los dos días de detenerlos, entran por una puerta y salen por otra, igual que lo de las medicinas, que están muy caras, que no puedes entrar en una farmacia, joder. Es que no te puedes poner malo. A una tía mía le entró la gripe A esa y le pidieron 300 euros por unas pastillas y no le curaron. Se puso mala toda la familia y el alcalde sin hacer nada, porque él no se pone malo, claro. El está todo el día de comilonas y visitando obras, que están todas las calles cortadas, que parece que estamos en la guerra, hostia. A ver si se lo llevan a Afganistán a matar talibanes, porque eso de misión de paz, nada. Eso, por mucho que digan, es una guerra como la copa de un pino. Como en el País Vasco, que ya está bien de aguantar a los etarras sinvergüenzas esos, que luego se juntan con el Rovira catalán ese y que dicen que quieren negociar. ¿Negociar de qué? Buf, lo voy a dejar, porque con todas estas cosas me pongo de una mala leche tremenda y se me sube el colesterol por las nubes, como a los niños, que hoy están todo el día comiendo chucherías, porque los padres les dan todo y está la calle llena de niñatos que no respetan nada. Pues eso, que ya no me acuerdo lo que quería contar y nada, que le mando un saludo a toda mi familia de Utrera, a los del Bar El Frenazo, a los de la peña sevillista Los Malacotones, al Perigordo, a mi compadre Eduardo, que os quiero musho, hostia. Gracias Loqueapetece por dejarme este espacio para expresarme!



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Jueves, 22 de octubre de 2009

Cuestión de tiempo y de nombres

No tenía tiempo. Miró el reloj, no tenía tiempo. Se había retrasado demasiado, el reloj no mentía. Tenía que haberse dado más prisa, pero se entretuvo con aquella chica que le sonrió cuando cruzaba la calle y le preguntó algo que él no entendía y que tuvo que repetirle varias veces.

Demasiado tarde para las lamentaciones. Ya era la maldita hora. Las agujas habían llegado al punto exacto convenido y él estaba aún a mucha distancia. No iba llegar a tiempo. Ahora lo sabía con total seguridad y aun así volvió a mirar el reloj, aunque todo era ya inútil. Ni una llamada de móvil podía salvarle. El tiempo le había vencido una vez más. Y en ese momento, a lo lejos, se oyó una fuerte explosión, un estruendo luminoso que le estremeció.

¡Qué desastre! El maldito tiempo había vuelto a jugarle una mala pasada. Otra vez llegaba tarde a los fuegos artificiales de las fiestas patronales. Y eso su novia no se lo iba a perdonar. Un sudor frío le recorrió el espinazo, tragó saliva y empezó a pensar en una buena excusa que le salvara el pellejo.

Tulgencio era un nombre muy feo y él lo sabía. No me llames Tulgencio, llámame Tul. Pero nadie le hacía caso. El caso es que nunca supo por qué sus padres le habían puesto ese nombre que no aparecía en ningún santoral ni en ninguna lista onomástica extravagante. Era la única persona del mundo que se llamaba así. Toda una distinción, bien mirado, un ejemplo de individualidad, un canto a la persona única e irrepetible que somos cada uno de nosotros. Pero a él no le gustaba ni a nadie. Todos se rían cada vez que le llamaban. Y lo cierto es que se reían con ganas. Cada vez que se oía una carcajada, todos decían: ya están llamando otra vez a Tulgencio.

Y Tulgencio, harto de tanta risa, dijo un día ¡basta! y se fue al Registro Civil a solicitar que le inscribieran con otro nombre. ¿Cómo quiere usted llamarse?, le preguntaron. No sé, respondió él. ¿Qué tienen por ahí que esté bien? Estoy buscando algo serio, ¿sabe?, algo que no haga gracia a nadie. La funcionaria lo miró como si estuviera observando a un paciente en la consulta del médico y, al poco, diagnosticó: tenemos Juan Carlos, que es un nombre que aunque cause mucha gracia nadie se ríe de él, pero a usted lo que le vendría mejor es llamarse Tolomeo, que es muy diurético y corta la risa de raíz. Y Tolomeo se puso. Así fue como Tulgencio consiguió que dejaran de reírse de él, pero a costa de quedarse solo, porque nadie se atrevía ya a llamarle por miedo a una evacuación repentina.

 



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Miércoles, 14 de octubre de 2009

Gurteladas animadas de ayer y hoy...

 

PONTE UN POCO DE MÚSICA ♥, RELÁJATE ♣ Y LUEGO LEE ♦ 

 

No eran sólo trajes. También había coches de 60.000 euros y relojes de 24.000 y chicas y muchos favores. En su despacho, Francisco recapacita. A lo mejor, no eran tan amigos míos, piensa. Francisco no bebe, pero decide tomarse una copa, doble, de güisqui caro, de importación, otro regalo. El alcohol le calienta la garganta y la cabeza. Se desanuda la corbata, se mesa el cabello, se estira en la silla giratoria de diseño italiano y empieza a dar vueltas, cada vez más deprisa, como si fuera en un tiovivo al galope sobre un caballo de cartón. Así lo encontró la Policía cuando entró en su despacho con una orden de detención. Tiene derecho a guardar silencio y a no declarar en su contra, le dijo uno de los agentes. ¿No se dan cuenta? Esto es un juego de niños, le respondió él sin dejar de dar vueltas. Vayan a buscar a los grandes a otra parte.

Parecía una buena coartada, pero en el sumario del caso quedó reflejado que el güisqui encontrado en el lugar de los hechos había sido convenientemente adulterado, según detallaba el preceptivo análisis toxicológico.

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Un bigote andaba suelto y eso a Ricardo no le gustaba. A él le encantaba comer langostinos de aperitivo mientras cerraba asuntos. Y esa mañana tenía uno muy complicado que resolver, tenía que dimitir. Aunque algunos decían que ya había dejado el cargo. ¡Qué sabrán ellos! Dimitir no es fácil, primero hay que tomar la decisión y luego dar la cara, decir que tú eres el culpable y tal. Sí, ese bigote se le estaba atragantando. Pero ya no había marcha atrás. Cogió el langostino por la cola, le miró fijamente a los ojos y con un rápido movimiento de dedos le partió la cabeza. ¡Zas! La chupó con ganas, le sorbió todo el jugo y luego engulló el bigote relamiéndose como si se estuviera tragando una angula de a 500 euros el kilo. Ahora, que digan que yo he dimitido, que les vomito el langostino en la cara, dijo bien alto, para que le escucharan todos, mientras pedía otra orchata con champán francés.



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Lunes, 28 de septiembre de 2009

Diálogo en la barra de un bar a la hora del desayuno

Diálogo de altura captado en un bar a la hora del desayuno, cuando los picos de actividad laboral bajan varios enteros en este país.

-¿Tú qué?

-¿Yo?

-Sí, tú. Te veo hoy muy gótico. A la moda, ¿no?

-¿Gótico? Yo siempre he sido muy románico y tardío. A lo mejor te has confundido por la careta que me he puesto para que no me reconozcan.

-Ah, pues ahora que lo dices, sí. Es que yo soy más del carolingio, ¿sabes? Aquello sí que era arte. ¿Y por qué no quieres que te reconozcan?

-Para no tener que pagar impuestos.

-Muy astuto.

-Uno hace lo que puede. Otros evaden capitales a las Islas Caimanes.

-¡Qué miedo!

-Tranquilo, esos no muerden.

-¿Los caimanes?

-Mira, si no me invitas a un café, yo no sigo hablando. El tiempo es oro y la ensaladilla no la inventaron en Rusia.

-Joder, cómo te las gastas. Pues hoy no he traído la cartera, así ahorro. ¡Los tiempos están muy malos!

-Así nunca vas a llegar a ser alguien en la vida.

-Yo es que soy muy conformista. Total, para lo que ofrecen.

-También tienes razón. ¿Y el Madrid, qué?

-Puff, no me cuentes...

-¿No habrá descendido a Segunda?

-Peor, ahora gana todos los partidos.

-Eso le pasa por tener tanto dinero. Si fuera pobre, empataría de vez en cuando.

-Tú sí que sabes. Entonces, qué, ¿te echas un café?

-Lo siento, el médico me lo ha prohibido.

-Otro con el colesterol alto.

-No, es que tengo pies planos.

-¿Y las manos?

-De eso no me ha dicho nada. Como es podólogo. Ya sabes, la especialización.

-Pues nada, entonces me voy a trabajar. Así ahorro.

-Y yo también, que tengo ya unas ganas de quitarme esta careta...

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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Martes, 15 de septiembre de 2009

Historias de la puta crisis

La cosa está que arde. En un año y medio, 23 trabajadores de France Telecom se han suicidado y unos cuantos más lo han intentado acosados por una empresa que alega pérdidas para machacar a sus empleados. Muy civilizado, muy ilustrado. Egalité, liberté, fraternité y jodeté, podría ser el nuevo lema de la república vecina. Aquí, en España, menos versados, lo diríamos de otra forma: chupa del frasco, carrasco.

En Japón ya se suicidaban hace muchos años. Ejecutivos entregados a sus compañías como si fueran sus amadas esposas se tiraban a las vías del metro cuando los jefes les despedían porque habían bajado las ventas de ordenadores o todoterrenos. Eran cosas de la moral japonesa, decían los entendidos occidentales. Si no los querían en su empresa, no les valía la pena seguir comiendo sushi.

En Africa, en cambio, no se suicidan. Como no hay empresas, tampoco hay ejecutivos ni empleados angustiados por la pérdida de una buena nómina. Es la suerte que tienen, viven con un euro al día baje o suba la bolsa de Nueva York. Es lo que dice mi primo: ¿Para qué van a matarse si ya los matan a poquito a poco?



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Miércoles, 09 de septiembre de 2009

Los regalos de las vacaciones

Cuando se vuelve de vacaciones no puede faltar un regalo. Cuanto más exótico, mejor. Yo me he traído un oso de la tundra rusa articulado que mide dos metros de alto por tres de ancho. Una monada. Bebe vodka, baila el casachov y se caga en Putin cuando le tocas la barriga. El problema es que no tengo a quién encalomárselo. “Hombre, si fuera un oso nido que pudiera meter debajo de la cama, pues sí, pero con mis cincuenta metros cuadrados mal contados ya no me cabe ni una matriuska”, me dijo un amigo cuando me presenté en su casa con el plantígrado de la mano, porque el animal, dicho sea de paso, se deja querer.

Otros se traen regalos más pequeños, pero la acaban liando más parda. Me refiero a esos amigos, compañeros, primos, cuñados y vecinos de puerta que vienen del nordeste brasileño y te traen un lazito del Bon Fim bendito que has de ponerte como pulsera, atarlo con tres nudos mientras pides otros tantos deseos y dejarlo en la muñeca hasta que se desaten, porque si te lo quitas antes te cae encima la maldición de toda la santería tropical. Tal es la fuerza de la amenaza y el peso de la superstición que se conocen casos de personas que han aguantado hasta cuatro y cinco años con la pulserita puesta, roída y llena de mugre, por miedo al maleficio de un santo que se encuentra a más de cinco mil kilómetros de distancia. Una maravilla de la ciencia, sin duda. Menos mal que a los del Bon Fim no se les dio por hacer collares de púas para repartir deseos. Hubiera sido una sangría mundial.

En fin, que todo era más sencillo cuando la gente sólo salía de España para ir a comprar toallas y sábanas a Portugal y te traía un gallo de Barcelos, pequeñito, sin plumas ni leyendas raras, y lo ponías encima del televisor junto al torito negro de nuestras dehesas. Ahora, entre budas, shivas, candelabros hebreos, esculturas africanas y tapices andinos no hay quién ande por las casas de este país.



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Miércoles, 02 de septiembre de 2009

Un vídeo vale más que mil palabras y tal

Esta es la historia de un hombre al que le echaron droga en el colacao para robarle. Dice él. Lo sacaron en la televisión y el presentador del programa era el avezado Reverte Arturo. No te rías que es peor.



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Martes, 11 de agosto de 2009

Lo que aconteció en un bar en un día muy caluroso

El otro día, al entrar en un bar, me di cuenta de que faltaba algo. Fue como un fogonazo que hubiera sacudido mi memoria. Estaban la máquina de café, el tirador de cerveza, las botellas, la barra, la pizarra con las tapas del día, el camarero con la camisa graseada, la cocinera asomando por el ventanuco, el suelo lleno de papeles y colillas, las voces de la clientela y hasta el televisor en lo alto de una esquina. Estaba todo, pero aun así sentí que faltaba algo. ¿Qué era?  

Era un día de mucho calor. No había aire acondicionado, sólo un ventilador dando vueltas en el techo como las aspas de un helicóptero que recordaban la escena de Apocalypsis Now cuando el protagonista tumbado en la cama decía desesperado “Saigón, mierda, sigo en Saigón”. Y al ritmo de esas mismas aspas yo seguía dándole vueltas al asunto: ¿qué falta en este bar, qué coño falta?

Podía haber preguntado, quizás hubiera sido lo más fácil. Pero no lo hice, porque me gusta adivinar las cosas por mí mismo, sin ayuda de nadie, como un llanero solitario en medio de una refriega en el salvaje oeste. Entonces fue cuando escuché a un cliente pedir un “vaso de agua fresquita”. Y todo se volvió claro como el agua que aquel cliente sudoroso se estaba bebiendo a borbotones.

¡Aquí falta un botijo!”, grité de repente causando tal sobresalto en el bar que hasta la cocinera sacó la cabeza por el ventanuco asustada. “¿No se dan cuenta? -empecé a disertar como si estuviera en el estrado de un aula universitaria- En los bares ya no hay botijos, ese artefacto tan español que conservaba fresquísima el agua sin necesidad de frigoríficos ni cubitos de hielo. Era todo un arte beber levantándolo por encima de la cabeza -algunos lo hacían con una sola mano- para que el chorro cayera por el pitorrito directamente hasta la garganta evitando todo tipo de contacto con la boca y, por tanto, eliminando cualquier posibilidad de contagio, lo cual sería muy conveniente en estos tiempos que corren de gripes tan peligrosas”.

Todos me miraban, así que continué la perorata: “Ahora se bebe muy mal, señores. Fíjense en esas litronas que comparten nuestros jóvenes, pasándose la botella de boca en boca. ¡Qué fuente de infecciones! Un botijo les daría yo a todos ellos para que aprendieran a beber y disfrutaran de la delicia de tragarse un chorro puro. Reivindiquemos este viejo artefacto español, señores, ¡Arriba el botijo!”. Para mi desolación, no hubo vítores ni aplausos, porque en mi éxtasis mitinero, producto a buen seguro del calor sofocante, ni me percaté de que me había quedado solo en el bar, mientras el camarero y la cocinera habían vuelto a sus quehaceres. El pasado nunca vuelve, me dije, y salí a la calle en busca de nuevos aires.



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Blog risoso

La risa larga, la risa gorda, la risa en vaso ancho sírvetela tú mismo, no la pidas, la encontrás en cada esquina si miras un poco, te quitas las gafas ahumadas y preguntas a bocajarro al primero que te encuentras: quo vadis, forastero

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