Un gol para la historia, sin cortes de publicidad, al natural, para recordar!!!
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Conexión Calambre, el mejor debate hablado de la Red, vuelve con una entrega sobre el Mundial de fútbol y otras zarandajas del momento tecnológico periodístico. Se recomienda oír con atención y hasta el final, cuando llega el chispazo que pone guinda a la tarta.
Todo esto lo puedes apreciar aquí, y gratis.
Juan, en el día de su onomástica, estaba abrumado por la realidad, la crisis, la corrupción, la rutina, las cosas de siempre que nunca cambiaban, y se echó un güisqui -glu, glu, glu- y otro -glu, glu, glu- y otro -glu, glu, glu-, y se hizo un peta -fus, fus, fus- y otro -fus, fus, fus- y otros más -fus, fus, fus-. Y entonces lo vio todo más claro. Necesitaba un cambio. Y cambió de habitación, porque en ese momento no tenía a mano un cambio mejor.
Y en la otra habitación, de paredes pintadas de color pastel, tuvo una visión. Se vio montado a lomos de un elefante paseando al trote -ploc, ploc, ploc- por la principal avenida de su ciudad, ataviado con ropajes de diseño indígena pret a porter, saludando al respetable como si fuera un marajá, luciendo una sonrisa de media luna art decó y repartiendo albricias como caramelos en la cabalgata de Reyes que eran muy bien recibidas por los paseantes, salvo uno, anciano aquejado de males crónicos, que le recriminó bastón en mano el impacto de la dádiva no solicitada y, además, origen de su desequilibrio y posterior caída de bruces sobre el duro acerado -cataplof-, aunque afortunadamente sin que tuviera que lamentar daños personales, o sea, físicos, porque los psíquicos tardan siempre más en manifestarse.
Lo malo vino después, cuando un policía le paró brazo en alto, no por ir a lomos de un elefante por el medio de la ciudad, algo que hasta entonces no se había visto, tal como se apresuraron a subrayar los más afamados y veteranos cronistas del lugar, sino por haberse saltado un semáforo en rojo. No había nada recogido en las ordenanzas sobre infracciones cometidas a lomos de paquidermos, pero aun así el agente fue inflexible y tajante: tengo que imponerle la multa más elevada, sin posibilidad de descuento por pronto pago, le dijo sin mirarle a la cara, pistola en mano y haciendo uso de una autoridad ganada en una oposición libre de toda duda, precisó.
Pero en su proceso de cambio, Juan también ideó una estratagema para no pagar. Usted me ve aquí, pero yo no estoy aquí, le respondió al agente. Yo estoy ahora en mi habitación de paredes de color pastel luciendo la pantorrilla, con la falda remangada, gritando ¿quién compra sardinas.......
Y desde entonces, Juan sale cada tarde de paseo con su elefante y hace lo que le viene en gana -plas, plas, plas-.
A los fachas no se la chupan, no se hacen pajas y sólo follan con sus esposas para tener hijos, pero con mucho cuidado de no manchar el nombre de dios cuando eyaculan. Eso sí, no dejan de dar por el culo todo lo que pueden. En el siguiente vídeo hay una lección magistral de uno de estos elementos, que tiene toda la pinta de haber pasado por los mejores puticlubs de la Castellana de Madrid y que se escandaliza de que a sus hijos le puedan enseñar cómo se hace bien lo que él hace a escondidas cuando está en una 'reunión de trabajo'.
La moral, hermanos, la moral que han fabricado siglos de hipocresía en este bendito país de maría santísima. Les encanta correrse con lo que ellos llaman una 'fulana', aunque en público abominen del sexo y recen arrodillados cada domingo pensando en esas posturas caribeñas que antaño eran de criadas y viudas costureras.
Lo que más les disgusta de la democracia a estos fachas no es que no gobiernen los suyos o que haya sanidad pública o que haya diputados comunistas en el Congreso. Lo que más les jode es que pueda haber una libertad sexual responsable donde no quepan los pecados ni las mentiras, porque sin eso ellos no son nada.
Los periódicos hablan de todo, menos de lo suyo. Bueno, miento, hablan de lo suyo cuando es para decir que han subido en tirada o en la encuesta de audiencia del EGM o que han ganado más dinero ese año o han comprado otra cabecera o una cadena de radio o de supermercados. Pero de lo que nunca hablan es de lo que les pasa a sus trabajadores, esos que hacen las noticias que ellos publican cada día. Cuentan con pelos y señales las huelgas del metal, del carbón, de los pilotos de aviones, de los profesores, de los médicos, de los barrenderos, o los recortes salariales de los funcionarios, las corruptelas de los políticos, las crisis financieras o los cierres de bancos, pero de sus conflictos laborales, ni una línea. Dicho de otro modo: en casa del herrero, cuchillo de palo.
Así que, si usted es lector de periódicos, pensará que a los periodistas nunca les pasa nada malo, salvo que los maten en una guerra o sufran amenazas terroristas, porque, excepto muy contadas ocasiones, los periódicos nunca informan de los despidos ni de los expedientes de regulación de empleo de otros periódicos y, mucho menos, de los suyos. Por tanto, usted no podrá saber que la crisis se ha llevado por delante cientos de puestos de trabajo en la mayoría de las redacciones de este país y ha dejado tiritando a los que se han salvado -de momento-. Por tanto, a usted no le quedará más remedio que seguir creyendo que los periodistas viven en un mundo maravilloso habitado por estrellas de la radio y la tele, por columnistas de renombre que cobran un dineral y, además, tienen el poder de tumbar gobiernos o entrenadores de fútbol.
Esos que tanto enarbolan la libertad de expresión para defender el derecho de la prensa a contar todo lo que ocurre en el mundo debieron olvidarse que ese todo implica que nadie puede quedar exento de ese principio fundamental de la democracia. En caso contrario, de lo único que están hablando es de la libertad de empresa, su empresa.
Ya se ha puesto de moda por ahí decir: no te hagas el griego y págame lo que me debes. Es que ahora hay que tener mucho cuidado con la nacionalidad. Si eres de Grecia, te miran casi peor que si eres oriundo de Paquistán y luces un turbante en la cocorota. Cosas de la economía moderna. La Unión Europea hace poco era muy rica y de repente se tambalea como una chabola al paso del Katrina. Dicen que por culpa de los tiburones financieros, los especuladores que compran y venden bonos de deudas estatales al socaire de la crisis para hacerse aún más ricos a costa de los sufridos ciudadanos que las ven venir suba o baje la bolsa. ¿Y usted entiende algo? Pues yo, tampoco. Así nos va. Sólo nos queda cantar con mucho salero, apretando bien el culito y moviendo las caderas: Ay quién maneja mi barca, quién, que a la deriva me lleva...
Ya lo decía mi abuela, no somos nadie, hijo, no somos nadie. Y, al paso que vamos, menos que vamos a ser. Afortunadamente, nos queda la dicha de ver correr cada domingo a chicos como Ronaldo y Messi que meten muchos y bonitos goles para mayor gloria de nuestros amados equipos por unos insignificantes 15 millones de euros al año, céntimo arriba céntimo abajo, libres de un montón de impuestos porque los pobrecitos sudan mucho.
En otros tiempos, todo habría sido más fácil. Se llamaba a la Legión y el Tercio arreglaba el problema en un santiamén. Pero ahora, realmente, no veo yo a esos orgullosos mocetones de la barbilla levantada al cielo, los pelos del pecho al descubierto y el medallón de oro del Cristo de la Buena Muerte poniendo orden en el desconcierto económico mundial. Esto no lo arregla ni la cabra, por muchas cornadas que dé el animalejo.
En el PP, está claro, no hablan alemán. Si conocieran la lengua de Goethe, se habrían enterado hace mucho tiempo de que media policía del país estaba investigando sus movimientos, regalos, comisiones, adjudicaciones de obras y otras menudencias mercantiles bajo la clave gurtel, que en alemán significa cinturón o correa. Los sabuesos hablando todo el día de operación gurtel el pez ha picado y cosas por el estilo y ellos, como quien oye llover, sin enterarse de que estaban cercando al pollo que pavoneaba su frac en la boda de la hija de Jose Mari -dios lo tenga en su gloria- del brazo de su elegante mujer tocada con pamela al estilo pudiente.
Y, claro, ahora se rasgan las vestiduras. Que si el Gobierno los quiere eliminar, que si los medios de comunicación enemigos manipulan a la opinión pública, que si la presunción de inocencia y tal, pero se engañan totalmente. Otro gallo les hubiera cantado si Mariano, con el puro bien cogido, hubiese puesto orden a tiempo y pagado unas clases particulares de idiomas a todo su personal: tú, tú y tú, a aprender alemán; aquél, aquélla y la otra, polaco; los de Valencia, Madrid y Galicia, clases intensivas de chino. Así habría cubierto todos los flancos idiomáticos y no habría habido palabra clave policial que se le escapase. Nunca, como hasta ahora, había quedado tan patente que este país es un desastre para el conocimiento de las lenguas foráneas.
En la santa iglesia católica apostólica, romana y beata los curas no pueden casarse y las monjas tampoco, así que algunos piensan que, a falta de pan, buenas son tortas, y entonces se tocan y también tocan a otros, aunque sean muy pequeños y no quieran ser tocados. Pero la mano es muy larga debajo de los hábitos que la esconden y, claro, como dios aprieta, pero no ahoga, la carne débil ora pro nobis en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, a la vez rogando y con el mazo dando, que para eso tiene uno mazo aunque haya hecho los votos de castidad en el seminario.
Así que, como ocurre tantas veces en las creencias morales, algunos se han tomado al pie de la letra lo que estipulan sus preceptos y han hecho suya aquella frase del maestro que decía: Dejad que los niños se acerquen a mí. Y así andan todo el día buscando pecados que expiar en un rincón oscuro donde el señor -aunque sea omnipresente- no pueda verlos mientras ellos ofrecen la gloria eterna a las ovejas descarriadas que aún no han comprendido que su reino no es de este mundo y, por tanto, tampoco las leyes mundanas que lo gobiernan.
De todos modos, no hay nada que no se arregle con tres padresnuestros, dos credos y un rosario bien rezados a la hora de maitines, las rodillas desnudas hincadas en el reclinatorio y las manos pecadoras unidas en plegaria hacia el cielo con los ojos vueltos implorando misericordia por los males de este mundo antes de que vuelva el alboroto a las clases en forma de demonio, amén.
Don Francisco Sinedín es un personaje singular. Se echa sal y pimienta en las uñas antes de comérselas y cuando entra en una tienda de chinos se le pone la cara amarilla. También es muy ocurrente y le encanta inventarse chistes como éste: Van dos cerdos por la ciudad y al pasar por un escaparte le dice uno al otro: oye, tú, ¿qué son esas cosas que cuelgan ahí? Jamones, le responde el otro muy digno. Ah, pues entonces conmigo que no cuenten, que yo soy vegetariano.
Don Francisco no ha sido nunca nada, pero él siempre está preparado por si un día le llaman para ocupar una cartera de ministro, la que sea, cualquiera le vale, con tal de que le traten de excelencia y le pongan coche oficial con chófer de gorra de plato. Está realmente loco por firmar decretos, saludar al rey y a su señora y pronunciar en el Congreso un discurso que lleva años ensayando: señorías, este país no puede seguir así. ¡Esto hay que cambiarlo! A partir de ahora, lo vamos a hacer todo al revés. Empezaremos por el final y acabaremos por el principio. Así siempre sabremos lo que pasa y no habrá más sorpresas. Aquí tengo el decreto que recoge las nuevas normas. Muchas gracias. Pero antes de terminar les voy a contar un chiste para que se relajen: son dos locos que están tomando el té y uno pregunta, ¿qué hora es? Las seis, le responde el otro. Joder, qué rabia, ya se me ha enfriado el té otra vez. ¿Lo cogen? ¿Sí? Pues entonces ya hemos llegado al primer acuerdo. Buenas tardes, señorías y señoríos.
Quienes quieran saber algo más de la singular persona de Don Francisco Sinedín y profundizar en sus andanzas pueden consultar su página en Facebook, donde ha puesto como frase de cabecera: tócala otra vez, Sam, pero esta vez no desafines. Desgraciadamente, no ha colgado ninguna fotografía en su perfil, así que desconocemos su aspecto y bien pudiera ser que cualquier día nos lo encontráramos en la calle sin saber que estamos ante una excelencia en potencia.
Ha nacido un nuevo monstruo, su nombre es John Cobra. No se sabe si ha terminado la ESO, pero ya es más conocido que cualquier vulgar premio Nobel de Física o Química. Los platós más distinguidos del país se lo disputan para que haga su número de “cómeme la polla, maricón” en diferentes versiones y a la calle se han lanzado un montón de sabuesos buscándole novias, perros que hayan sido sodomizados por su verga rapera, profesores golpeados por su puño de acero, amigos que le hayan invitado a una raya de farlopa o cualquier inmundicia para alimentar la leyenda de la alimaña.
Pero el caso es que John Cobra siempre quiso ser famoso. No quería ser ni médico ni astronauta ni guapo ni campeón de natación ni siquiera cantante. Simplemente quería ser famoso, una carrera que -reconozcámoslo- hoy en día está muy bien pagada. Y lo cierto es que lo ha conseguido sin mucho esfuerzo. Sólo ha tenido que montar un numerito en un programa de televisión en horario prime time al lado de la dulce Anne Igartiburu para que todos hablemos de él. Si yo fuera su representante, ya estaría pensando en montar la cadena de restaurantes de comida rápida hardcore 'Comepoyas', antes de que se termine el filón de la fama siempre efímera de los monstruos catódicos o de que a Aznar se le ocurra hacer lo mismo con su dedo peineta,
Aunque todo esto podríamos decirlo de una manera más resumida: cría monstruos y te crecerán las audiencias.
La risa larga, la risa gorda, la risa en vaso ancho sírvetela tú mismo, no la pidas, la encontrás en cada esquina si miras un poco, te quitas las gafas ahumadas y preguntas a bocajarro al primero que te encuentras: quo vadis, forastero
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